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 28/05/2011|11:13  
Don Rafael, el puestero del año

El hombre -que hace 38 años administra su campo de 2500 hectáreas donde cría vacas y chivos- se ganó el reconocimiento en la Fiesta Nacional de la Ganadería de las Zonas Áridas · Cuenta las dificultades y beneficios de vivir aislado del mundo

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Los 16 kilómetros de asfalto, 30 de ripio, en una abandonada ruta 184 de difícil tránsito y otros 15 kilómetros de huella que sólo pueden recorrerse a caballo o en vehículo doble tracción, hacen que llegar hasta el campo El Castrino, en el paraje Los Toldos, General Alvear, sea todo un suceso.

Delante de la humilde vivienda dos perros no prestan atención a los visitantes porque devoran los restos de una chiva hermosa y gorda que, junto a una hermana y un ternero, fueron víctimas de los “leones” cazadores de esa madrugada.

Un molino de viento, los corrales a uno y otro lado de la casa, el cerro bajo El Castrino, a su lado el más alto “Los Chanchos” hacia el noroeste y el imponente El Nevado hacia el suroeste, muestran un paisaje típico del campo sureño. Puro desierto y arena salpicados con la escasa vegetación de la zona completan el cuadro donde el agua es apenas un recuerdo para el suelo infértil.

Allí está don Rafael Fernández (84), su esposa desde hace 56 años, Clementina Orueta (83), y Paulo Tula (61) uno de los tres hijos que criaron sin ser de su sangre, además de los seis propios.

Dueño de un centenar de vacunos y otro tanto de caprinos, don Rafael lleva 38 años al frente del campo de 2.500 hectáreas que supo de épocas mejores y que hoy es castigado por la persistente sequía.

Antes de eso, 21 años de trabajo arrendado en otras propiedades y los años de infancia y juventud con su familia al otro lado del río Salado, le valieron el apodo de “El Puntano”, el respeto de sus vecinos y el galardón del “Puestero del año” que le entregó el 7 de mayo la Cámara de Comercio de General Alvear en la XXX Fiesta Nacional de la Ganadería de Zonas Áridas.

Con sombrero, facón mango de hueso a la cintura, Fernández exhibe en una sonrisa la dentadura casi completa que, aunque evidencia el paso de los años, es propia.

El mate amargo aparece como por arte de magia, convoca a la ronda y hace que la charla con este hombre de memoria prodigiosa, que sabe tanto de ganadería y de la vida rural, sea casi tan íntima como la de una familia.

Con un vocabulario rico y claro, donde insultos o groserías no tienen cabida, don Rafael hace gala de una filosofía simple, casi elemental, pero que le ha dado resultado a lo largo de su vida y en tantos años no sabe lo que es tener problemas con un vecino.

“Si usted respeta lo van a respetar, es así amigo”, reitera como una máxima a lo largo de la conversación.

“Yo siempre fui buen vecino y los vecinos son buenos conmigo. Aquí se atiende a quien lo necesite. Mire que a usted ni lo conozco y ya le estoy contando toda mi vida”, dice entre risas.
Aunque es nacido en El Porvenir, provincia de San Luis, y criado en el puesto El Tero de esa provincia, la mayor parte de su vida se desarrolló en campos de Alvear y San Rafael.

De su primera niñez recuerda los trabajos que comenzó realizando en la casa paterna a los 3 ó 4 años y a partir de los 7, cuando fue “prestado” a lo de sus tías. “Nos criamos esquilando y a las hachadas. Trabajábamos y no había tanto vago como ahora”, detalla con orgullo. Claro que eso lo privó de aprender a leer y escribir, algo que trasladó luego a la mayoría de sus nueve hijos salvo a dos mujeres y un varón que fueron a la escuela.

“Los otros aprendieron algo por ahí”, cuenta y se enoja con la juventud actual. “Andan farreando hasta cualquier hora. Que jueguen a la taba, guitarreen, pero que sean buenos cristianos; así me criaron”, enfatiza.

Como chico de campo, supo de vicisitudes y rememora que no conoció lo que era un calzado hasta los 6 ó 7 años. “Andábamos en pata, pero no nos quejábamos”, sostiene.

A partir de los 17 años, Rafael “salió a la vida” y fue a trabajar arrendado a otras haciendas, donde hizo lo que para él ya era algo común. Las yerras, hachadas o esquiladas eran apenas una tarea sencilla para este joven que también domaba potros y de a poco se fue armando de un capital propio.

Los años de labores en campos ajenos permitieron al puestero ir mejorando su vida. De una villa longa pasó a un carro de carga de mayor porte y fue sumando animales que después siguió criando hasta comprarse su propia tierra.

La economía del puesto

Rafael y Clementina son jubilados nacionales. “Para comprar los remedios, alcanza”, se contentan.

El clima lleva un tiempo castigando la zona y los daños se van notando cada vez más. Las lluvias llegaron tarde y los campos no tienen pasto.

“Se sufren hoy los años malos de la sequía brava. Hay mucho animal perdido y no quedan terneros porque no hay preñez”, explica el ganadero. Los precios tampoco son los mejores y el aumento de todo lo necesario para la crianza complica aún más el panorama. “Habrá que aguantar; uno nació para el trabajo”, afirma resignado.

En ese contexto, cada tanto se venden los animales y en la época se carnea “lo necesario para no morirse de hambre”. El asunto es llevar comida a la mesa.

Las comodidades del campo

En El Castrino, desde hace un tiempo hay señal de telefonía celular (en algunos sectores y orientando la antena, pero hay) y ya no se está incomunicado. “Yo no estoy hecho para esas cosas, al aparato ése lo usa mi mujer”, confiesa Rafael mientras Clementina atiende una llamada.

El agua para los animales se extrae con el molino y un motor, pero para consumo hoy se trae envasada desde Alvear y se almacena en tanques de fibra de vidrio. El agua del pozo no es “tan” mala y uno “no se va a morir” por tomarla, pero la otra es de mejor calidad.

La energía eléctrica se obtiene de pantallas solares y se pone en marcha en las noches, para tener luz, ver televisión por aire o escuchar las radios AM de Alvear y San Rafael.

La heladera funciona con tubos de gas licuado y la calefacción es principalmente a leña.
Vecinos hay pocos. “Se cerraron muchos campos y la gente viene cada vez menos”, apunta Rafael, que cada tanto solía recorrer a los que vivían solos para ver cómo estaban. “Después de un tiempo se ponen muy malos. Creen que uno les va a comer lo poco que tienen” relata.

En esa enorme soledad, la mayoría falleció en los últimos años y los demás se fueron. Hoy son pocos los puestos de la zona y están separados entre sí por varias leguas de terreno difícil.
La mano de obra para el trabajo es escasa. “No hay nadie que quiera trabajar y si vienen a hacer una picada te quieren cobrar una fortuna”, se queja el puestero.

Para cuidar su salud, una vez al mes el matrimonio asiste al hospital Enfermeros Argentinos de Alvear “porque siempre hay algo que duele, pero nada grave”.

Los peligros

Las rondas nocturnas de los “leones” o gatos monteses de la zona siempre dejan alguna pérdida. En el puesto no hay potrillos por ese motivo. Las chivas, terneros o la gente misma pueden ser presa de los voraces felinos salvajes una vez que cae el sol. La prohibición de cazarlos es una molestia constante.

“Nos dicen que no los podemos matar y es un animal que hace mucho daño. Si veo a alguno, yo tiro y después que me metan preso si quieren”, comenta ofuscado.

Lo mismo sucede con los zorros, ladrones expertos que roban las crías de chivos de adentro de los corrales.

Un terreno muy complicado

El acceso hasta el puesto de Rafael Fernández no hubiera sido posible sin el aporte de la Municipalidad de Alvear y la pericia al volante del director de Distritos y Parajes, Julio Arbeloa.
Las huellas son trampas de arena que sólo pueden sortearse con mucha calma en la camioneta 4x4 y el resto del trayecto está lejos de ser digno de un picnic. Una verdadera aventura para quien quiera sentir cómo es participar en un mini rally Dakar.

Para no quedar aislado, el mismo Rafael debió hacer un esfuerzo y comprar una Toyota Hilux modelo 99 doble tracción, porque desde el puesto anterior, que está a la vera de la ruta, “es más de una hora a caballo” como relata la vecina del puesto Carbajal antes de entrar.

Si la ex ruta 184 denota abandono, los caminos vecinales que comunican a los campos entre sí son prácticamente intransitables al punto que el mismo día que recibió la rastra de honor en el almuerzo de la fiesta ganadera, Rafael le suplicó al gobierno que arreglen los caminos y hasta ofreció “poner unas chirolas” si hacía falta, lo que hizo que a varios funcionarios se les cortara la respiración en seco.

A raíz de su reclamo, en las últimas semanas fueron con máquinas y repasaron algunos tramos, pero fue casi como una gota de agua en el océano. “Estamos esperando la traza definitiva de los caminos, pero todavía nada”, dicen en el puesto El Castrino.

La familia

En el campo hoy sólo viven Rafael, su esposa y Paulo Tula que, con 61 años los trata de “papi y mami” y ya está “pensando en casarse”, cuenta su madre.

El resto de los hijos son Ramón Tula (56), Dionisio Fernández (52), Clementina (51), Pascua (50), María Isabel (49), César (48) y la menor Adriana (40), que fue quien lo propuso para la distinción de puestero del año.

Todos viven desde hace años en Alvear. “¡Qué bueno que es cuando su padre lo echa a la vida como una persona sana!”, se alegra Rafael.

 28 de mayo de 2011 (Los Andes)




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